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PRIMARY COLOURS: JAVIER MARÍAS – MENOS ESCRÚPULOS | Colour Me In

PRIMARY COLOURS: JAVIER MARÍAS – MENOS ESCRÚPULOS

por Eva Posas
Estaba tan apurada de dinero que me había presentado a las pruebas para aquella película como dos días antes y me había quedado atónita al ver cuánta gente aspiraba a uno de esos papeles sin diálogo, o bueno, sólo con exclamaciones. Había ido hasta allí con el ánimo encogido y avergonzado, diciéndome que la niña tenía que comer, que tampoco importaba tanto y que era improbable que esa película la fuera a ver nadie que me conociese, aunque sé que siempre todo el mundo se acaba enterando de todo lo que sucede. Y no creo que nunca llegue a ser nadie para que en el futuro quieran hacerme chantaje con mi pasado. Por otra parte ya hay bastante.
Al ver aquellas colas en el chalet, en las escaleras y en la sala de espera (las pruebas, como el rodaje, se hacían en un chalet de tres pisos, por Torpedero Tucumán, por esa zona, no la conozco), me entró miedo a que no me cogieran, cuando hasta aquel momento mi verdadero temor había sido el contrario, y este otro mi esperanza: que no les pareciera lo bastante guapa, o lo bastante opulenta. Esto último era una esperanza vana, he llamado la atención toda mi vida, sin exageraciones pero la he llamado, no ha servido de gran cosa. ‘Vaya, tampoco conseguiré este trabajo’, pensé al ver a todas aquellas mujeres que lo pretendían. ‘A menos que la película incluya una escena de orgía masiva y necesiten extras a patadas.’ Había muchas chicas de mi edad y más jóvenes, también mayores, señoras con aspecto demasiado hogareño, madres como yo sin duda, pero madres de proles, con cinturas irrecuperables, todas vestidas con faldas un poco cortas y zapatos de tacón y jerseys ajustados, como yo misma, mal maquilladas, en realidad era absurdo, íbamos a salir desnudas si es que salíamos. Alguna se había traído a los niños, que correteaban arriba y abajo por las escaleras, las demás les hacían monerías cuando pasaban. También había mucha estudiante con vaqueros y camiseta, ellas tendrían padres, qué pensarían sus padres si eran aceptadas y ellos veían la película por azar un día; aunque fuera para comercializar sólo en vídeo luego hacen lo que quieren, acaban pasándolas por las televisiones a las tantas de la madrugada, y un padre con insomnio es capaz de todo, una madre menos. La gente no tiene un duro y hay mucho desocupado: se ponen ante la televisión y ven cualquier cosa para matar el rato o matar el vacío, no se escandalizan de nada, cuando uno no tiene nada todo parece aceptable, las barbaridades resultan normales y los escrúpulos se van de paseo, y al fin y al cabo estas guarrerías no hacen daño, hasta se ven con curiosidad a veces. Se descubren cosas.
Dos tipos salieron de la habitación de arriba en que se estaban realizando las pruebas, más allá de la sala de espera, y al ver la cola se llevaron las manos a la cabeza y decidieron recorrería lentamente –peldaño a peldaño –, diezmándola. ‘Tú puedes irte’, le decían a una señora. ‘No eres adecuada, no sirves, no hace falta que esperes’, les iban diciendo a las más matronas, también a las jóvenes con aspecto más tímido o pánfilo, tuteando a todas. A una le pidieron el carnet allí mismo. ‘No lo llevo’, dijo. ‘Entonces fuera, no queremos líos con menores’, dijo el más alto, al que el otro llamó Mir. El más bajo llevaba bigote y parecía más educado o con más miramientos. Dejaron la cola reducida a un cuarto, allí quedamos sólo ocho o nueve y nos fueron pasando. Una de las que me precedió salió al cabo de unos minutos llorando, no supe si porque la rechazaban o porqúe le habían hecho hacer algo humillante. Quizá se habían burlado de su cuerpo. Pero si una acude a estas cosas ya sabe lo que le espera. A mí no me hicieron nada, sólo lo previsible, me dijeron que me desnudara, por partes primero. Ante una mesa estaban Mir y el bajito y otro con coleta como un triunvirato, luego había un par de técnicos y de pie un tipo con cara de mono y pantalones rojos cruzado de brazos que no sé qué pintaba, podía ser un amigo que se había apuntado a la sesión, un mirón, un salido, la cara era de salido. Hicieron unas tomas de video, me miraron bien, por aquí y por allá, al natural y en pantalla, date la vuelta, levanta los brazos, normal, un poco de vergüenza claro que pasé, pero casi me entró la risa al ver que tomaban notas en unas fichas, muy serios, como si fueran profesores en un examen oral, santo cielo. ‘Puedes vestirte’, dijeron luego. ‘Aquí pasado mañana a las diez. Pero ven bien dormida, no nos traigas esas ojeras de sueño, no sabes lo que cantan en pantalla.’ Lo dijo Mir, y era verdad que tenía ojeras, apenas había pegado ojo pensando en la prueba. Iba ya a salir cuando el tipo de la coleta, al que llamaban Custardoy, me retuvo con la voz un momento. ‘Oye’, dijo, ‘para que no haya sorpresas ni problemas ni te nos plantes a última hora: la cosa será francés, cubano y polvo, ¿de acuerdo?’ Se volvió hacia el alto para confirmar: ‘Griego no, ¿verdad?’ ‘No, no, con esta no, que es primeriza’, respondió Mir. El primate descruzó los brazos y volvió a cruzarlos, contrariado, vaya mamarracho con sus pantalones rojos. Intenté hacer memoria rápidamente; había oído esos términos, o los había visto en los anuncios sexuales de los periódicos, quizá había sabido lo que significaban, aproximadamente. ‘Griego no’, habían dicho, así que eso me daba lo mismo, al menos por ahora. ‘Francés’, creí acordarme. Pero, ¿y ‘cubano’?
–¿Qué es cubano? –pregunté.
El hombre bajo me miró con reconvención.
–Pero mujer –dijo, y se llevó las manos a los pechos que no tenía.No estuve segura de entender muy bien, pero sólo me atreví a preguntar otra cosa:
–¿Está ya elegido mi compañero? me dieron ganas de decir ‘mi compañero de reparto’, pero pensé que podía parecerles una burla.
–Si, ya lo conocerás pasado mañana. No te preocupes, él tiene experiencia y te llevará muy bien.–Esa fue la expresión que empleó el bajito, como si hablara de un baile antiguo, agarrado, cuando aún tenía sentido decir ‘Yo llevo’.
Ahora estaba de nuevo en la salita de espera, esperando para rodar, esperando con mi compañero, al que acababan de presentarme, me dio la mano. Nos habíamos sentado en el sofá un tanto escaso, tanto que él, en seguida, se pasó a un silloncito que hacia juego para estar más cómodo. El tipo alto y el tipo bajo y el de la coleta y los técnicos estaban rodando con otra pareja (confiaba en que no estuviera presente el salido, daban miedo los ojos saltones y la nariz rebanada, los pantalones mortales). En el cine todo lleva siglos y va con retraso, según tengo entendido, y nos habían dicho que esperásemos y nos hiéramos conociendo. Aquello era absurdo. ‘No conozco a este hombre de nada y dentro de un rato estaré mamándosela’, pensé, y no pude evitar pensarlo con estas palabras. ‘Qué sentido tiene que nos conozcamos un poco, que hablemos.’ Yo casi no me atrevía a mirarlo, lo hacia de reojo, un ataque de pudor de lo más inoportuno. Al presentármelo me habían dicho: ‘Este es Loren, tu pareja.’ Habría preferido que lo hubieran llamado ‘partenaire’, pero ya nadie conoce esta palabra. Tendría unos treinta años, llevaba pantalones y sombrero y botas vaqueras, los actores todos americanizados, aunque sean actores pomo. Así empiezan muchos, a lo mejor un día triunfaba. No era nada feo pese a la pinta, un tipo atlético de los que van al gimnasio, con una nariz levemente ganchuda y unos ojos grises, tranquilos y fríos; los labios eran agradables, pero eso quizá no tendría que besárselo, la boca agradable. Él no parecía nada inhibido, tenía las piernas cruzadas como un vaquero y hojeaba un periódico, no me hacía mucho caso. Me había sonreído al ser presentados, tenía los dientes separados, eso lo hacia un poco aniñado de cara. Se había quitado el sombrero entonces, pero luego se lo había puesto, quizá fuera a conservarlo durante las escenas. Me ofreció pastillas de regaliz, no quise, él chupaba dos a la vez, quizá fuera mejor que no nos besáramos. Llevaba en la muñeca una cinta de cuero o de piel de elefante, ajustada, no lo llamaría una pulsera. Supongo que era moderno, yo me sentí antigua de pronto con mi falda estrecha, mis medias negras y mis tacones, no sé por qué diablos me había puesto los más altos que tengo, quizá no quisieran que me los quitase si se fijaban, a muchos hombres les gusta vernos así, desnudas y con tacones, un poco infantil toda esta imaginería, él cubierto y yo calzada. Me di cuenta de que me estaba bajando un poco la falda, que se me subía demasiado sentada, y eso ya me pareció un disparate. Ni siquiera mi partenaire hacia caso a mis muslos, y hacia bien, al cabo de un rato no habría falda ni nada.
–Oye perdona –le dije entonces –, tú has trabajado antes en esto, ¿verdad?
Apartó la vista del periódico pero no lo dejó a un lado, como si todavía no estuviera seguro de ir a iniciar una conversación en regla, o más bien lo estuviera de lo contrario.
–Sí–contestó –, pero no mucho, dos, no, tres veces, desde hace poco. Pero no te preocupes, se olvida uno de la cámara en seguida. Ya me han dicho que eres debutante. –Le agradecí que dijera ‘debutante’ en vez de ‘primeriza’, como Mir, alto y calvo.–Tú no te cortes por nada, lo peor es eso, tú sígueme a mí y disfruta lo que puedas, y de los otros ni caso.
Ya, eso se dice fácil –respondí–. Espero que tengan paciencia si me pongo nerviosa. Estoy un poco nerviosa.
El actor Lorenzo sonrió con sus dientes espaciados. Leía la página de deportes. Parecía muy seguro de sí mismo, porque me dijo:
–Mira, no vas ni a enterarte de que están rodando. Yo me encargo. –Lo dijo con ingenuidad más que con soberbia, no me molestó por eso, aunque si que no se le ocurriera pensar que no serian los testigos la causa principal de mi nerviosismo probable en escena.
–Bueno –contesté, sin atreverme a ponerlo en duda, quizá intimidada –. Pero habrá interrupciones, ¿no?, para las diferentes tomas y eso, ¿no? ¿Y qué pasa entonces? ¿Qué se hace en medio?
–Nada, te pones una bata si quieres y te tomas una coca–cola. No te preocupes –repitió–. Hay cosas peores. Y si necesitas, seguro que tienen rayas.
–¿Ah sí, hay cosas peores? dije yo ahora un poco irritada por su despreocupación excesiva. –Pues será que yo no las conozco todavía; anda, dime una. –El dejó por fin el periódico a un lado, y yo me apresuré a añadir:–Oye, que quede claro que no lo digo por ti, ¿eh? No me refiero a ti, ya me entiendes, ¿no? Esto por el dinero, pero no me digas que no es un trago. Bueno, no sé tú, pero yo, pues no.
Loren hizo caso omiso de mis puntualizaciones para no herirlo y se quedó con mis anteriores frases. Me miró con su expresión sosegada pero con una leve exaltación ahora, como silo hubiera provocado y fuera alguien sin capacidad para eso, para sentirse provocado, y no supiera encontrar el tono adecuado. Tenía los ojos grises también algo separados, los dos muy distantes de su nariz ganchuda, que parecía tirar de los labios hacia arriba, esa clase de fosas nasales que parecen siempre resfriadas.
–Te voy a decir una cosa peor –dijo–. Te la voy a decir. Lo que yo hacía antes era mucho peor. No es que pretenda montarme en esto para siempre, pero vale para ir tirando hasta que surja otra cosa, y no sabes la maravilla que es al lado de lo que hacía antes.
–¿Y qué hacías antes? ¿Te lanzaban cuchillos en el circo?
No sé por qué le dije eso. Supongo que sonó ofensivo, como si el actor Lorenzo tuviera que provenir necesariamente del campo más arrastrado del espectáculo. Al fin y al cabo yo estaba ahora en lo mismo que él, y simplemente había perdido mi empleo hacia ya dos años y tenía un ex marido desaparecido, missing, y la niña conmigo. A lo mejor él tenía también una niña. Y además, ya no hay espectáculos de ese tipo, es una cosa anticuada, ni siquiera hay casi circo.
–No, tía lista dijo él, pero sin reproche y sin intentar devolvérmela, no sé si porque tenía aguante o porque no habría sabido. Me lo dijo como lo dicen los niños en el colegio:–No, tía lista. Era tutor.
¿Tutor? ¿Cómo tutor? ¿Tutor de qué?
–Era la última palabra que me habría esperado oír en sus labios y no pude disimular, quizá mi sorpresa también fue ofensiva. Lo miré muy de frente ahora, un tutor, parecía salido de un spaghetti western.
Él se tocó el ala del sombrero con desazón, como colocándoselo.
–Bueno, quiero decir que tenía a alguien bajo mi tutela, bajo mi protección. Como un guardaespaldas, pero distinto.
–Ah bueno, guardaespaldas, ya –dije con resabio y como rebajándolo de categoría–. ¿Y qué, eso era tan malo? ¿Te tuviste que interponer muchas veces entre tu jefe y las balas o qué? –No tenía motivo para estar borde con él, pero me salían las impertinencias, quizá me iba poniendo enferma la idea de tener que ir a mamársela sin preámbulos dentro de un rato, cada vez faltaba menos. Involuntariamente le miré el paquete, en seguida aparté la vista. Volví a pensar eso con ese verbo, la edad nos va haciendo groseros, o nos importa menos serlo, o es la pobreza: cuanto menos hay, menos escrúpulos. Al hacernos mayores también hay menos vida, no queda tanta.
–No, no era guardaespaldas de esos, no soy un gorila –dijo él sin resentirse de mis sarcasmos, con seriedad y sin doblez y con transparencia–. Tenía que vigilar a una persona que estaba mal, para evitar que se hiciese daño, es muy difícil evitar eso. Tienes que estar las veinticuatro horas encima, todo el rato alerta, y nunca puedes evitarlo del todo.
–¿Quién era? ¿Qué le pasaba?
Loren se quitó el sombrero y se puso a acariciar la copa con el antebrazo derecho, como hacen los vaqueros de las películas. Quizá fue un gesto de respeto. Empezaba a clarearle el pelo.
–Era la hija de un tío rico, multimillonario, no te imaginas, un empresario de esos que ni saben lo que tienen. Habrás oído el nombre, pero mejor me lo callo. La hija estaba zumbada, una histérica con tendencias suicidas, cada poco lo intentaba. Podía llevar una vida aparentemente normal durante semanas y luego, de pronto, sin previo aviso, se cortaba las venas en la bañera. Andaba de verdad grillada. No querían internaría porque eso es muy duro y además se acaba enterando todo Cristo, de los intentos de suicidio sólo unos pocos, los que estábamos cerca. Así que me contrataron para que se lo impidiera, sí, como un guardaespaldas pero no para protegerla de otros, como es lo corriente, sino de si misma. Sus amigos me tomaban por uno convencional, pero no lo era. Lo mío era otra cosa, como un custodio.
Pensé que conocería esa palabra porque se habría tomado la molestia de buscar una para definirse. La habría conocido al buscarla.
–Ya dije–. Y eso era peor ¿Qué edad tenía? ¿Por qué no le ponían mejor un enfermero?
Loren se pasó el revés de la mano por la barbilla, a contrapelo, como si descubriera de pronto que no estaba bien afeitado. Iba a tener que besarme por todas partes. Pero parecía bien afeitado, estuve tentada de pasarle yo la mano, no me atreví, podría haberlo tomado por una caricia.
–Porque un enfermero canta más, por lo mismo, qué hace una tía joven todo el día con un enfermero detrás. Que tuviera guardaespaldas se entendía, el padre superforrado. Ella podía llevar su vida normal, ya te digo, iba a la Universidad, veinte años, iba a sus fiestas y a sus pijerías, y al psiquiatra, claro, pero no es que anduviera todo el día deprimida y eso, no. Estaba normal una temporada, y era simpática, eh. De repente le daba un ataque y el ataque era siempre suicida, y era imprevisible cuándo. Ni un objeto punzante en su habitación, ni tijeras ni cortaplumas ni nada, ni cinturones con los que poder ahorcarse, nada de pastillas a su alrededor, ni aspirina; hasta los zapatos de tacón, su madre cuidaba de que no fueran muy agudos desde que una vez se había rajado un pómulo con uno de ellos, le tuvieron que dar cirugía plástica, no se le notaba pero se había hecho un buen corte, a lo bestia. Los que tú llevas no se los habrían permitido, menuda arma. En eso la tenían como a los presos, ni un objeto peligroso. El padre estuvo a punto de quitarle también las gafas de sol cuando vio El padrino III, allí hay uno al que matan con unas gafas, con la parte más cortante de la patilla, la hostia, al tío lo habían registrado de arriba abajo y va y degúella al otro con eso. ¿Has visto El padrino III?
–Creo que no, vi la primera.
–Si quieres te la dejo en video –dijo Loren amistosamente–. Es la mejor de las tres, a lo grande.
–No tengo video. Sigue –contesté yo, temiendo que en cualquier momento se abriera la puerta y aparecieran la cara alta de Mir o la huesuda de Custardoy o el bigote bajo para hacernos pasar a rodar nuestras escenas. No podríamos hablar durante ellas, o no de la misma forma, nos exigirían concentración, a lo nuestro.
–Pues eso, había que estar todo el día encima y dormir con un ojo abierto, yo en la habitación de al lado, la mía y la suya comunicadas por una puerta de la que yo tenía la llave, sabes, como en los hoteles a veces, la casa era inmensa. Pero claro, hay infinitas maneras de hacerse daño, si alguien está de verdad dispuesto a matarse acabará consiguiéndolo siempre, lo mismo que un asesino, si alguien se quiere cargar a alguien acabará cargándoselo por mucha protección que tenga, aunque sea el Presidente del Gobierno, aunque sea el Rey, si alguien se empeña en matar y no le importan las consecuencias, acaba matando a quien quiere, no hay nada que hacer, lo tiene todo de su parte si no le importa lo que le pase luego. Mira a Kennedy, mira en la India, allí no queda un político vivo. Pues lo mismo con el que se asesina a sí mismo, me río yo de los suicidios fallidos. La princesa de pronto se tiraba de cabeza por las escaleras mecánicas de El Corte Inglés y la recogíamos con la frente abierta y las piernas en carne viva, y hubo suerte porque yo metí la mano. O se precipitaba contra una cristalera, contra un escaparate en plena calle, tú no sabes lo que es eso, todá llena de cortes y con cien–tos de cristalitos clavados, una locura, gritando de dolor, porque si no te matas la cosa duele. Tampoco se la podía encerrar, así no se habría curado. Me acostumbré a ver peligros por todas partes y eso es el horror, ver el mundo entero como una amenaza, nada es inocente y todo está en contra, en lo más inofensivo veía un enemigo, mi imaginación tenía que anticiparse a la suya, agarrarla de un brazo cada vez que íbamos a cruzar una calle, procurar que no se acercara a ninguna ventana alta, en las piscinas extremar el cuidado, apartarla de un obrero que pasara llevando una barra, era capaz de intentar ensartarse en ella, o así me acostumbré a pensar, que podía hacer cualquier cosa, uno desconfía de todo, de las personas, de los objetos, de las paredes.
–’Así vivía yo cuando la niña era pequeña’, pensé; ‘aún ahora vivo así un poco, nunca tranquila del todo. Conozco eso. Sí, es horrible.’ Una vez intentó arrojarse a las patas de los caballos en plena recta final, en el hipódromo, tuve suerte de agarrarla del tobillo cuando ya estaba a punto de alcanzar la pista, se aprovechó de que yo estaba ocupado con las apuestas y se me escabulló, vaya minutos de pánico hasta que lii pesqué, iba ya corriendo hacia los caballos. –El actor Lorenzo hizo una pausa sólo verbal, no mental, vi cómo seguía rumiando lo que contaba o iba a contar –Aquello era mucho peor que esto, te lo aseguro, una tensión tremenda, una angustia continua, sobre todo desde que me la tiré, me la tiré dos veces: la puerta contigua, la llave en mi poder, las noches siempre medio despierto y sobresaltado, comprendes, era un poco inevitable. Además, mientras yo estaba así con ella no había peligro, no podía pasarle nada conmigo encima abrazado a ella, conmigo encima estaba a salvo, comprendes. –’El sexo el lugar más seguro’, pensé, ‘se controla al otro, se lo tiene inmovilizado y a salvo’. Hacía tiempo que no estaba en ese lugar seguro.
–Pero claro, te tiras a una tía un par de veces y le coges afecto. Vamos, no mucho, yo tengo mi novia, no por fuerza, pero ya es otra cosa, la has tocado, la has besado y ya no la ves igual, y ella se pone cariñosa contigo. –Me pregunté si me pondría cariñosa con él tras la sesión que nos esperaba. O si él me cogería afecto por eso. No le interrumpí.–Así que además de la tensión del trabajo, tenía también preocupación, bueno, pánico, no quería que le pasara nada, por nada del mundo quería que le pasara nada. Total, una ganga, y al lado de aquelío esto es jauja.
 ‘Ganga’ y ‘jauja’, cada vez se oyen menos esas palabras, parecen de chiste.
–Ya –dije–. Y qué pasó, te hartaste pregunté sin esperanza de que fuera a contestarme afirmativamente. En realidad ya me había contado lo que había pasado, por su manera de rumiar y de contarme el resto.
 Loren se puso el sombrero de nuevo y aspiró con fuerza por sus fosas nasales que parecían humedecidas, como si cobrara energía para un esfuerzo. El ala del sombrero le tapó la mirada gris y fría, su cara era ahora nariz y labios, los labios agradables que no besaría, no hay besos en la boca en las películas porno.
–No, me quedé sin empleo. Fallé, la princesa se cortó el cuello en la cocina de su casa hace tres semanas, en mitad de la noche, y yo ni siquiera la oi salir de la habitación, qué te parece. Me quedé sin nadie de quien cuidar . Un desastre, qué desastre. Por un instante me asaltó la duda de si el actor Lorenzo no estaba actuando, para distraerme y quitarme los nervios. Pensé un momento en la niña, la había dejado con una vecina. Él se puso en pie, dio unos pasos por la habitación al tiempo que se alzaba los pantalones vaqueros. Se paró ante la puerta cerrada que tendríamos que cruzar ya pronto. Creí que iba a darle un golpe pero no se lo dio. Sólo dijo malhumorado:–Bueno, a ver si empezamos de una puta vez, yo no tengo todo el día.
“Menos escrúples” publicado por editorial Alfaguara, en la antología de cuentos Cuando fui mortal, 1996.

2 Comments

  1. Posted March 7, 2010 at 6:36 pm | Permalink

    Wow buenisimo texto

  2. Carlos Orellana
    Posted March 11, 2010 at 2:44 pm | Permalink

    Javier Marías es DIOS!!
    Recomiendo muchísimo cada artículo del semanal de los domingos del PAÍS y sus libros, buenísimos.
    De lo mejor que se puede leer en España actualmente.

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